miércoles, 17 de octubre de 2012

Historia 25: Singing in the Rain.

El último martes, el colectivo que me tomo todos los martes siguió de largo y no frenó en la parada como suele hacerlo.  Además llovía demasiado y me mojé hasta los calzones.  Entré al kiosco más cercano para secarme y pedirme un café caliente.  En el mostrador había un volante de una bruja que descubría vidas pasadas.  Vazyra era su nombre.  La llamé y fui. Me dijo que antaño había sido un bailarín  o tal vez Carlo Magno.  Le di un abrazo y me regaló un sahumerio.  Ya la lluvia había aminorado así que caminé hacia el norte pisando charcos.  En el más hondo frené y me quedé mirando mi rostro reflejado en el agua.  Era mucho más ovalado de lo que recordaba.  Bailé como Gene Kelly pero sin paraguas y con mucho menos gracia. Una chica hacía lo mismo que yo pero a pocos metros.  Me acerqué y bailamos juntos como si hubiéramos ensayado.  Se tropezó sobre mí. En realidad fui yo el que se paró frente a ella justo en el momento en el que daba un salto casi ornamental.  Se cayó y cuando la quise atajar nos caímos juntos al agua.  Tenía aliento a chicle de sandía.  La besé.  Me acarició la mejilla.  Nos fuimos a vivir juntos a un PH restaurado.  Me cortó las uñas y le hice té de hierbas.  Hoy es martes otra vez  y el cielo cruje nuevamente.  Quizá me quede en casa.  Los colectivos no son de fiar cuando llueve tanto.

miércoles, 6 de junio de 2012

Historia 24: Vagabundo por elección


Los vagabundos son seres especiales. Siempre me han llamado la atención. Son personas que trascienden la geografía ya que son marginados en el mismo corazón de las ciudades, allí donde todo sucede. Suelen ser personas capaces con pasados integrados que en algún momento las circunstancias comenzaron a llevarlos por caminos que jamás imaginaron. Médicos, hombres de familia, ávidos lectores cultivados que hoy viven sobre bolsas mirando al horizonte con una mano hacia afuera y el anhelo de que algún transeúnte les deje un cambio para poder comprar la comida del día.
Los vagabundos cumplen un rol simbólico sumamente distinto al de los individuos humildes que piden en la calle. La pobreza es un flagelo social y estructural. Resolverlo implica llevar a cabo complejos planes de políticas públicas. Los vagabundos en cambio seguirán allí independientemente de los contextos económicos y los gobiernos de turno. Los vagabundos viven en las calles para recordarnos a cada uno de los que caminamos todos los días la ciudad que cualquiera de nosotros puede caer en esa situación el día de mañana. Dicen que el hombre que vive en Santa Fe y Scalabrini era un abogado exitoso, yo también soy un abogado y ni siquiera soy exitoso. Dicen que la mujer de Agüero es madre de cinco hijos, yo voy por el tercero y a veces siento que no doy abasto.
Desde que volví de un largo viaje, podríamos decir que estoy convencionalmente desempleado. No tengo un horario fijo en el cual estar en una oficina. No tengo aguinaldo, jubilación ni dirección de mail laboral. Y por sobre todas las cosas no tengo un ingreso fijo asegurado a fin de mes. Algún trabajador independiente me dirá que él o ella estan en la misma situación y no se sienten desempleados. Les diré que claramente tienen razón, pero que yo a duras penas podría considerarme un trabajador freelance, ya que ni siquiera poseo un oficio definido o lo que solemos referirnos como “profesión”.
Por está razón es que mis caminatas por la ciudad se han tornado habituales, y mi relación con los vagabundos del barrio, más cercana. Tal es así que en más de una ocasión me senté a conversar con uno que vive a pocas cuadras de mi casa. Me senté a su lado y me dijo “sos bienvenido” mientras sonreía con sarcasmo. La conversación se dio naturalmente. Luego de hablar del frío y de la agresión de la gente en la calle le pregunté su nombre:
- Si te digo mi nombre, no me lo vas a creer - me dijo con seguridad.
- Vos decime tu nombre y después yo te digo si te creo o no.
- Yo soy Magoya. El mismísimo. El único.
Sabía que luego de enunciar su nombre seguía una explicación minuciosamente guionada, por lo que permanecí callado para darle lugar.
- Todo lo que la gente no quería hacer lo solía hacer yo. Cobraba platos rotos, escuchaba secretos que prefería olvidar, hacía trámites eternos y tantas otras cosas. Tuve una época de demasiado trabajo, haciéndome cargo de cosas que no me correspondían. La gente dejaba todo en mis manos y si yo no lo hacía no había nadie para hacerse cargo. Era una especie de súper héroe que nadie sabe de su existencia. Cada vez era más grande la demanda. La gente se percataba de que si ellos dejaban pendientes sin hacer, de algún modo se resolvían, y esa actitud comenzó a expandirse hasta volverse epidémica. Lo que ellos no sabían era que Magoya no podía hacerse cargo de absolutamente todo, y acá terminé, hermano, exhausto y sobrepasado.
- ¿Y hoy quién se ocupa?- le pregunté a Magoya totalmente inmerso en la conversación.

-Nadie, hermano. Hoy no se ocupa nadie. Por eso las cosas están como están.

Me quedé sentado al lado de Magoya, como esperando que alguien me dijera con certeza cuánta verdad había en sus palabras. Al cabo de algunos largos segundos me di cuenta que nadie me daría la respuesta. El hombre notó mi confusión y se acercó con tranquilidad de sabio. Pude oler ese aroma de días sin aseo que tan poco conocemos en la ciudad. Los autos pasaban tocando bocinas, ignorando el momento trascendental que acontecía frente a sus narices. Mientras colocaba su mano sobre mi hombro, el vagabundo me miró fijo a los ojos y me dijo: “Yo no sabía que era Magoya hasta que un día me di cuenta. Que no te pase lo mismo que a mí, hermano”
Ahí nomás comprendí algunas cosas. Ciertas cuestiones que resonaban hacía tiempo de golpe tomaron forma. Magoya escuchaba la AM con un ojo puesto en mí, conciente de las realizaciones que me sucedían y sonriéndose con orgullo. Me ofreció su último cigarrillo y se lo negué con la cabeza. Tomó una petaca de ron casi vacía y me ofreció eso. También la negué. El me miró consternado, como si rechazar un sorbo de alcohol fuera un sacrilegio.
- A veces es más difícil hacerse cargo de uno mismo que de los otros – le devolví mientras me paraba  y comenzaba a emprender la retirada.
Ahora fue Magoya el que inició su propia introspección. Lo saludé dándole fuerte la mano, pero él apenas registró el saludo. Permaneció con la mirada perdida, pensando intensamente en algo. En unos días volveré a pasar por la misma esquina. Espero no encontrarme con Magoya.





lunes, 7 de mayo de 2012

Historia 23: Tránsito lento


Hay una única diferencia entre el tránsito de Bombay y el de Buenos Aires. Ésta es una conceptual. Mientras que en oriente el claxon inagotable y el estancamiento de vehículos es asumido como una decisión unilateral de los dioses y por eso aceptada con admirable sumisión de enano de Santa Claus, en la Argentina freudiana se deposita toda la libido en la acción propia de insultar por la ventana del coche a la humanidad toda y desgraciada. El argentino existencialista, hijo de la modernidad, coagula sus arterias de estrés y acorta su ya efímera vida sin sentido, mientras que el indio aprovecha el momento para escuchar música y practicar los pasos del último hit de Bollywood. 
No suelo tomarme taxis, pero cuando volví a Buenos Aires las circunstancias me obligaron a hacerlo en contadas ocasiones. Había olvidado ese modo del taxista. El taxi como altar. El asiento delantero como púlpito y el trasero como atrio donde se debe escuchar con atención la palabra del Señor tachero. Un sermón tras otro sobre la condición humana y el destino trágico de los mortales. Axiomas sobre la historia, leyes naturales de la ciencia social, revelaciones de secretos de sumario y chusmeríos de la farándula de segundo rango. Cuando el tránsito se apodera del destino del taxista y su pasajero, el momento es propicio para desplegarlo todo: demostrar que su teoría sobre el colapso de la ciudad es irrebatible y aprovechar para descargar toda la bronca contra políticos pasados y presentes, suegras incompasivas cantantes melódicos que en paz descansan y otros automovilistas que poco tienen la culpa de estar varados gozando la misma suerte que el propio tachero.
Ya habían pasado tres cuartos de hora y apenas habíamos avanzado algunos metros. Jorge ya había hablado de Susana, Marcelo y Mario.  A Cristina la mencionaba cada vez que podía, como si cada tema del universo pudiera de alguna u otra manera relacionarse con ella; y de Hugo convidaba bocados esporádicos. Cuando hablaba me miraba por el espejo retrovisor asegurándose de que estuviera prestando atención. En medio de la sección de autoayuda, en la que las máximas sobre como llevar una vida plena comenzaban a tomar vuelo, las bocinas llegaron a su punto cúlmine. El hombre que manejaba el auto situado detrás nuestro, casualmente taxista, se había decidido por la táctica del último recurso: apoyar la palma de la mano en la bocina y no soltarla hasta que la situación cambie. De hecho, la táctica resultó efectiva ya que  la situación cambió. Los nervios de Jorge colmaron su paciencia. Comenzó a vociferar y de golpe se transformó en un “hulk” porteño. Pude ver con claridad sus venitas en la frente sobresalir ávidas por extirparse y conocer el mundo exterior. Su color no era exactamente verde, pero sin dudas no era normal la saliva que expelía al gritar ni el aroma de su nueva transpiración que se sumaba a la ya acumulada durante todo el día de trabajo. Jorge daba cátedra de insultos. Utilizaba sinécdoques, hipérboles y sinestesias. Variaba entonaciones y volúmenes, innovaba prosodias, e improvisaba sobre bases preestablecidas citando a los más destacados hombres de la palabra porteña. En un momento, el soliloquio se vio interrumpido repentinamente por un ruido que venía desde afuera del taxi.  Jorge abrió grandes los ojos y miró por la ventana como quien ha descubierto a su mujer con el profesor de tenis.  Efectivamente era el hombre del taxi de atrás que se había bajado para insultar de cerca. Jorge no pudo aguantarse la ansiedad y abrió su puerta con vehemencia. Ambos insultaban sin dejar espacio ni para el respiro. Ganaba el que lo hacía más fuerte, y perdía el que se quedaba sin frases por decir. De a poco comenzaron a acercarse el uno al otro, prediciendo un inminente choque de panzas cerveceras. Con la mano en alto y el dedo índice más alto aún ambos se acercaban en cámara lenta. Yo miraba desde mi asiento admirado por  los dos cuerpos que se atraían con una fuerza proporcional a sus masas.  Era realmente un espectáculo digno de verse. Podía notar como los autos de alrededor y los transeúntes curiosos que buscaban excusas para llegar tarde al trabajo se detenían para presenciar semejante acto. De un momento a otro Jorge estaba frente a frente con el taxista desconocido. Jorge era más grandote, pero el otro estaba tanto más entrenado físicamente. Seguramente el tiempo que no estaba sentado manejando lo pasaba sentado en la máquina de levantar pesas. Jorge sabía que de pelearse él saldría perdiendo inevitablemente y que de suceder, viviría una ignominia frente a toda la muchedumbre, que ya sumaba al menos un centenar.  Pero no era momento de pensar en eso. Su maestro taxista, hoy ya retirado, le había dicho una y otra vez que bajo ningún punto de vista puede un verdadero tachero comerse los mocos. Por esa razón no era una alternativa para Jorge dar un paso atrás a esta altura. Los insultos permanecían y los rostros se encontraban a una mínima distancia (sus auras ya casi que se tocaban).  El movimiento circular de sus sendos dedos índices tarde o temprano se encontraría en el aire, y de hecho, así sucedió. Justo en ese instante el otro taxista le tomó la mano a Jorge, pero Jorge respondió con una piña al aire que el otro supo esquivar con indicios de años de boxeo. Jorge sorprendido vio su fatal final en ese dribbling del oponente. No tenía la más mínima chance. Ante ese panorama, recordó una vez más a su maestro tachero: “Si la batalla está perdida sin siquiera haberla comenzado, cierra los ojos y mueve los brazos sin parar” Jorge lo hizo y al oponente no le quedó más remedio que darle esos abrazos confusos que dan los boxeadores y que siempre me han causado cierta ternura. De repente pasó lo inesperado. Lo más inesperado que pasó en mi vida. Entre la transpiración y el salivado de ambos, sus mejillas se rozaron. El hombre pequeño pero fornido reaccionó inmediatamente tomándole la cara a Jorge con seguridad y llevándola hacia su boca. Jorge al comienzo se resistió, pero enseguida pareció entender los beneficios del beso. Sus labios se encontraron mientras sus manos se envolvían. La audiencia que los rodeaba se alternaba entre la risa, el disgusto, y la incomprensión total. Sus lenguas jugaban entre ellas, como si hubieran cursado juntas el primario. Eran dos luchadores de sumo enamorados. La secuela nunca antes vista de Caín y Abel o de Rómulo y Remo. Parecían más que cuatro manos, era la diosa Kali destructora de la maldad. Lo que mis ojos veían realmente estaba sucediendo. Uno tras otro. Besos de novela de tres de la tarde. Manos que se escondían debajo de la camisa y aparecían por lugares imposibles. En un momento, Jorge tomó la mano de su flamante amante y comenzó a llevársela a su boca. Justo en ese instante las bocinas comenzaron a sonar nuevamente. De atrás gritaban para que avanzaran. El tránsito se había reactivado y el embotellamiento ya no tenía razón de ser. Jorge tomó conciencia de lo que había sucedido como si un rayo hubiera caído para despertarlo de un sueño profundo. Miró a su alrededor intentando reconstruir los hechos, pero al no poder hacerlo salió despedido hacia el auto como un pequeño niño que sabe que ha hecho algo que no debía. Se sentó, encendió el taxi no sin antes encontrar la frecuencia de Radio Diez y pasándose la mano por la boca para secarse la saliva, enunció: “Qué tipo más puto”.




domingo, 25 de marzo de 2012

Historia 22: El fuego que transporta y transforma

Nunca en mi vida he visto un lechero. Cuando chico, mi padre me contaba historias del lechero de su cuadra, por eso puedo imaginármelo pero, insisto, nunca he visto ninguno. Sin embargo, si el día de mañana alguno tocara mi puerta ofreciendo leche fresca, creo que lo reconocería sin dudarlo demasiado. Algo parecido sucede con una dimensión del pasado. Hay una parte del pasado que no la vivimos en carne propia pero que nos pertenece. A veces lo pensamos extinto, ajeno y sin embargo cuando el momento es el oportuno, lo reconocemos e identificamos como si siempre hubiera estado ahí.
Hay un pasado que no visito a menudo, pero que me pertenece tanto como los Lego o el licuado de naranja y durazno en la terraza de mi casa de infancia. Tal vez se deba a que el viaje resulta muy doloroso, o quizás en la distracción de lo cotidiano ese pasado parece lejano y poco accesible.

La historia que contaré ocurrió en Dharamkot, donde el frío por las noches puede llegar a ser insufrible, sobre todo cuando el cielo está cubierto y la nieve se hace presente para teñir de blanco los techos y balcones de las cabañas. Hacía pocos días que había llegado y sin embargo ya me sentía en casa. Alquilé un cuarto que por dentro parecía un depósito pero cuando abría la ventana por la mañana y las imponentes montañas se aparecían junto al sol, el depósito se transformaba en una suite presidencial. Como ya he mencionado, el problema eran las noches. Todos en el pueblo queríamos retrasar el difícil momento de enfrentar la oscuridad y el frío que penetraba los huesos, traspasando paredes, mantas, sombreros y abrigos de lana. La mejor manera de hacerlo que encontramos (algunos otros viajeros y yo) fue la de hacer una fogata no muy lejos de donde dormíamos. Cada noche, entonces, el punto de reunión era una llama improvisada que rodeábamos mesmerizados. Los participantes variaban. Si bien algunos formábamos parte del plantel fijo, cada noche algún viajero curioso veía el fuego desde lejos y con aires amistosos se acercaba a pasar el rato junto a nosotros (lo cierto es que una vez que el sol se iba, no había mucho entretenimiento en Dharamkot). Con tantas nacionalidades y edades las conversaciones resultaban de lo más eclécticas. En ese fuego expusieron melómanos, metafísicos, amantes, historiadores y hasta reposteros.
De todas las noches que pasé en Dharamkot, hubo una en particular de la que difícilmente me olvidaré. El día había sido agitado y por eso estábamos tranquilos contemplando el fuego. Eramos los de siempre, sin muchas ganas de hablar. Apenas alguno esbozaba una palabra simplemente para rellenar el espacio que dejaba tanto silencio, pero a la mayoría ese silencio no nos perturbaba. Estábamos bien así. Pero los equilibrios llevan en sí mismos el potencial de quebrarse, y cuando el detonante es un agente externo, la propensión aumenta exponencialmente.

Una mujer de unos treinta años se asomó al fuego, al igual que tantos otros lo habían hecho en las veladas anteriores. Era alta y rubia, y con una voz casi inexistente acompañada de un fuerte acento alemán preguntó si podía sumarse a la ronda.
-Claro que sí - esbozó alguno - Acércate con una manta. Hoy es una noche muy tranquila.
-Mejor así- respondió ella sentándose justo en frente mío, del otro lado de la ronda.
Cuando el viento soplaba fuerte, su rostro se me aparecía por entre las llamas que se movían inquietas. Ella, sin embargo, permanecía estática.
-¿Cómo te llamas?- preguntaron para integrarla.
-Ellena. Soy alemana - aclaró por si su acento no era evidencia suficiente.
-¿Dónde en Alemania?
-Monchengladbach, en el oeste.

-Mi abuela era de Monchengladbach- pensé para mis adentros mientras miraba el fuego.
Allí terminó la conversación introductoria. El fuego volvió a tomar el protagonismo y cada uno se sumergió en su intimidad por unos largos minutos. Solamente se escuchaban las toses que provocaba el frío seco y algún perro asustado que ladraba para ahuyentar quién sabe qué amenaza.

-Mi abuela era de Monchengladbach- dije ahora en voz alta no sin esfuerzo (nunca había proferido el nombre del pueblo de mi abuela, solamente lo había sentido nombrar en encuentros familiares)

-¡Qué casualidad! ¿Y tu eres alemán?- me preguntó esquivando las llamas que no la dejaban verme.
-Soy argentino, pero mis abuelos eran alemanes.

Parecía que Ellena iba a preguntarme otra cosa, su cuerpo al menos así lo indicaba, pero dirigió
su mirada al suelo y allí permaneció. Yo hice lo mismo.

No hizo falta aclararle que mis abuelos habían escapado de la guerra perseguidos por el Nazismo y que yo era argentino, como bien podría ser norteamericano, israelí o australiano. No hizo falta contarle que mis abuelos habían logrado emigrar pero que sus hermanos y amigos no, y que por eso mi familia es tan pequeña. No hizo falta, tampoco, ni intentar explicarle la confusión que se me aparecía con sólo pensar en Alemania, aquel país que vió nacer tantas generaciones de mi familia, que les supo dar hogar y un idioma y que luego los echó injustamente borrándoles su pasado y su identidad.
Ellena no quitaba su vista del suelo, no se animaba. Monchengladbach a mitad del siglo pasado era un pueblo pequeño. No podía evitar pensar que quizá su abuela jugaba a las escondidas con mi abuela. No podía evitar imaginarse a su propia abuela denunciando a sus compañeras de escuela motivada por el miedo o incluso por alguna convicción pasajera y apasionada. No podía evitar pensar que si no hubiera habido guerra, ella y yo podríamos habernos críado juntos e incluso ser amantes hoy día. Pobre Ellena, no podía evitar sentir más que culpa. Una culpa heredada y latente igual que mi pasado.
Pero tampoco pudo evitar levantar la mirada para encontrarse con la mía. El fuego ahora era más pequeño porque la leña se había acabado y ya podíamos vernos los rostros con toda la nitidez que la claridad de la noche permitía. Yo ya estaba preparado para lo que sucedería. Mantuve mi mirada firme y comprensiva. Ella en seguida entendió el mensaje y levemente relajó las cejas que la atormentaban. Ellena me pidió perdón en nombre de un pueblo y una generación. Yo la perdoné en nombre de mis abuelos y de tantos otros que no pudieron serlo. Ella dejó caer unas lágrimas y yo solamente pude sonreír al ver como la noche extinguía un fuego que ya había cumplido su propósito.